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En el primer caso concentré a las familias con una defunción y en el segundo, las que rebasaron la suma de dos. En la tabla 5 agrupé el total de veinte familias afectadas por las defunciones colectivas 55 y setenta familias con un muerto, teniendo presente que los "de razón" vivieron la magnitud de mortalidad 4. Por alguna razón, los padres sortearon el riesgo de perder la vida, tal vez por la incidencia de la separación entre enfermos y sanos.

Advierto que la inexistencia de reportes médicos o de testimonios de los sobrevivientes imposibilita apoyar la estrategia referida. Antes de que ingresara el tifo a la familia nuclear de Alejandro Antonio Ruiz castizo y Rosalía Estefanía Acosta mestiza , el total de integrantes era de ocho. La desgracia inició el 30 de mayo con la muerte de la señora Acosta, en tanto que el 8 de junio falleció el señor Ruiz.

Consideremos que sin la existencia de los padres no era posible la recomposición familiar; en cambio, las hijas tenían la oportunidad de casarse y formar sus propias familias. Como el piojo se encontraba en el hogar, su hija María Soledad de seis años enfermó y, por mala fortuna, el 27 de agosto perdió la vida. Por una razón que ignoramos, el viudo de 34 años evitó el contagio, fortuna que, tal vez a corto plazo, lo llevó a la decisión de formar otra familia. Contrariamente a lo esperado, en otras familias de nueve a quince integrantes el piojo provocó el mínimo efecto.

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No tengo evidencia alguna para absolver dicha interrogante. Por causa de su viudez, la señora Simona Flores vivía con seis hijos, una nieta y tres sobrinos. La desgracia familiar inició cuando falleció la señora Flores y, tres semanas después, su sobrino José Ignacio y su nieta María Petrona De los Badillo-Prado se sabe que eran una familia nuclear de nueve hijos y, por causa del tifo, el 9 y el 13 de junio fallecieron María Antonia Felipa y María Teresa, respectivamente Aun cuando se desconocen las medidas "convenientes" que frenaron el avance del contagio, debe considerarse la posibilidad de que otros miembros enfermaran y tal vez sanaran.

La morbilidad, ya sea sustentada en los reconocimientos médicos o en los reportes de las autoridades de salud gubernamentales, es uno de los vacíos que limitan la argumentación histórica. Tal vez por el efecto favorable de la separación entre enfermos y sanos, los otros integrantes siete evitaron el contagio. Las familias que vivieron la muerte de uno de sus integrantes rebasaron las seis decenas: 28 extendidas y 38 nucleares tabla 4. Valorados como favorables, los hogares de los Carbajal-León, Domínguez-Avendaño y Truxillo-Francisca Margarita de quince, doce y diez miembros respectivamente solo perdieron a uno de sus integrantes; el mismo efecto se registró en un par de familias de nueve miembros, en cinco de ocho y en cuatro de siete.

Las extinciones de familias las abordaré en otro apartado. En cuanto a la numerosa familia de José Antonio Carbajal y Margarita de León quince integrantes , el 12 de junio perdió la vida su hija María Gertrudis, de seis meses. Ante el riesgo de una mayor desgracia, resulta notable que la dispersión epidémica haya sido frenada por, al parecer, el cumplimiento de una norma específica de prevención: el aislamiento. Es probable que los I hogares de nueve, ocho, siete y seis integrantes que sufrieron una defunción también hayan utilizado estrategias relacionadas con el aislamiento o la "eficiente" higiene individual.

Al borde de la extinción, algunas de las familias con el mínimo de integrantes también vivieron una defunción. A pesar de la desgracia, el marido se mantuvo con vida por, al parecer, la efectividad de la estrategia preventiva del aislamiento o, en todo caso, la convivencia limitada con la enferma. También un niño de seis meses, desafortunadamente abandonado en la puerta de la parroquia, fue, al parecer, víctima del germen maligno. El hecho de que en setenta familias falleciera uno de sus integrantes incrementa el interés por conocer la aplicación de las medidas de profilaxis, pero, como se ha señalado, es imposible responder a la pregunta debido a la inexistencia de evidencias documentales.

Las familias indígenas de San Pablo Apetatitlan, defunciones colectivas. En las familias indígenas, cohabitantes en el mismo espacio con los "de razón", también se presentaron defunciones colectivas e individuales. En un lapso de veintiocho días mayo-junio el tifo mató a cinco integrantes de la familia de María Agustina.

Datos personales

De los cuatro sobrevivientes, tal vez María del Carmen, de 16 años, asumió el rol de madre o, en todo caso, contrajo matrimonio y se responsabilizó de sus hermanos tabla 8. La muerte de María Agustina corrobora su papel de madre protectora de sus hijos. A pesar de que había seis personas en el hogar de Miguel Aparicio y María Guadalupe, cuatro de sus integrantes evitaron, por motivos desconocidos, la muerte.

El 13 de julio el tifo terminó con la vida de una hija de nombre María Asunción y, después de veinticinco días, la desgracia fue para doña María Guadalupe Es posible que por la edad del viudo 51 años no volviera a contraer matrimonio, motivo por el que a las huérfanas les tocaba la decisión de formar sus propias familias o mantenerse en la soltería. Es probable que a María Petrona, de 19 años, se le hubiera pasado la oportunidad de contraer nupcias, en tanto que Juana María, de 12 años, iniciaba su edad casadera y María de la Encarnación apenas tenía 7 años.

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Sobre el riesgo de extinción, se conoce el caso de la familia de José Victoriano y María Antonia. Al parecer, el vector continuaba en el seno familiar, pues el 3 de junio la madre, María Antonia, también perdió la vida Con 21 años, el viudo tenía la posibilidad de rehacer su vida personal y formar otro hogar; se ignora su decisión. Conviene advertir que otras familias sufrieron la pérdida de la mitad de sus integrantes.

En el hogar de José Gregorio y María Antonia murieron tres de seis miembros, dos de cinco integrantes en la familia del viudo Juan de la Cruz y dos de cuatro en los hogares de José Mariano y María Felipa, la viuda María Tomasa y en el matrimonio formado por Juan Lorenzo y María Luciana. Las familias indígenas de San Pablo Apetatitlan, defunciones individuales.

Es relevante el hecho de que, en cada hogar, de 33 familias muriera uno de sus integrantes, debido a la posibilidad de que los encargados de cuidar a los enfermos utilizaran alguna estrategia preventiva que los mantuviera aislados del vector. José Gregorio y María Antonia tenían una familia de tres mujeres y un hombre, unidad fracturada el 23 de abril por la muerte de su hijo Juan Andrés, de 12 años.

Previamente a la epidemia, María Lucía había enviudado y quedado a cargo de cuatro hijos. Teniendo en cuenta que el 28 de junio comenzó el luto familiar por la muerte de Leandro Antonio de 16 años 28 , lo notable es que los restantes integrantes de la familia cuatro sortearan el riesgo de perder la vida. En otros casos, el que María de la Luz evitara el contagio posibilitó la continuidad de su estirpe familiar; la misma "fortuna" tuvieron la madre soltera María de la Luz y el matrimonio de José Esmeregildo y María Marcela tabla 9. Entre lo excepcional, considero la probabilidad de que, al llegar a San Pablo Apetatitlan, la pasajera María Francisca trajera enfermo de tifo a su hijo José Albino, pues, por mala fortuna, el 24 de abril perdió la vida.

El 12 de abril, coincidentemente, tuvieron lugar las primeras muertes por tifo en San Pablo Apetatitlan y en Tlatempan.

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En el extremo, una familia con el mínimo de integrantes estuvo a punto de extinguirse tabla Del matrimonio entre Juan Pablo y María Francisca nacieron dos hombres y tres mujeres. Posteriormente al primer fallecimiento, en un día de mayo- fenecieron tres hijos y la madre, María Francisca. Fruto del matrimonio entre José Manuel y María Marcela, llegaron al mundo tres mujeres y un hombre. Justo el 8 de mayo la bacteria mató a la primera víctima, de nombre María Concepción.

La presencia del piojo en el hogar era tan abundante que en un mismo día 28 de mayo fallecieron cinco integrantes. Cuando inició el ciclo epidémico, el viudo Juan Felipe era el responsable de convivir con su hija María Rosalía y su hijo Manuel Mariano. Por mala fortuna, al fallecer el padre y la hija 6 de mayo y 28 de junio, respectivamente , el liderazgo recayó en el huérfano Manuel Mariano y, por lo menos hasta aquel momento, se detuvo la extinción familiar Quienes sufrieron menos daño fueron las familias de ocho, seis y cinco miembros tabla Hasta la familia de Miguel Francisco y María Andrea había procreado nueve hijos seis mujeres y tres hombres.

El 14 de mayo el padre, José Teodoro, y la madre, María Gertrudis, atestiguaron la muerte de su hija María Juliana, de 6 años, desgracia que por fortuna evitaron los otros cinco integrantes de la familia En condición contraria, a la vez que excepcional, se encontraban los esposos Antonio Ramos, de 68 años, y María Ventura, de No obstante su vida solitaria, por no haber engendrado hijos, el 27 de mayo la bacteria mató a la señora Ventura Aquel momento de estancia del vector en el hogar corrobora la existencia de relaciones personales de convivencia con familiares cercanos o vecinos.

Ya sea por el aislamiento o el aseo personal, el señor Ramos no secontagió de la peligrosa enfermedad. Si bien se le presentó otra oportunidad de vida, por su edad avanzada se pregonaba la extinción familiar. Debe decirse que diez familias de tres y cuatro integrantes también sufrieron una defunción. En otro grupo de quince familias, igualmente afectadas por una muerte, se desconoce el daño debido a su ausencia en el padrón de Tanto las familias nucleares como las extensas afectadas tienen peculiaridades interesantes y generan incertidumbre, sobre todo por las condiciones en las que los sobrevivientes evitaron, o en todo caso frenaron, el contagio.

Debido a la importancia de la magnitud de la mortalidad crisis media para los indios, importante para los "de razón" de San Pablo Apetatitlan y gran crisis para los indígenas de Tlatempan , es necesario conocer las políticas de sanidad del momento. Ante la carencia de evidencias, tomé como alternativa comparativa las estrategias utilizadas en la ciudad capital de Tlaxcala.

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Con el propósito de prevenir el ingreso de enfermedades epidémicas, la junta tenía la facultad de prohibir o autorizar los permisos para el comercio, regular las entradas y salidas de los navíos en los puertos, vigilar la zona costera e inspeccionar la entrada de ropas o géneros provenientes de zonas afectadas por epidemias. En el contexto político, las estrategias sanitarias derivadas de la junta tendieron a centralizarse por considerarse prioritarias y obligatorias para la planeación de la intervención gubernamental.

Asimismo, la junta determinó que los integrantes priorizaran la aprobación legal de sanciones a los infractores de las disposiciones preventivas de sanidad Varela. Tal era la situación de preocupación que advirtieron a: [ A pesar de que la decisión fue en extremo estricta, la justificación se sustentaba en la creencia de que los bienes materiales eran medios propicios i de transmisión de las enfermedades Sin que haya sido del todo errónea su JL convicción, la medida podría ser efectiva para ciertos vectores como la pulga I de la rata o los piojos del cuerpo.

En tal caso, si las enfermedades alcanzaban el grado de epidemias, e incluso de pandemias, se infiere la existencia de irregularidades en el control de las estrategias de sanidad. En otras zonas del reino, concretamente en Guatemala, las medidas se adaptaron a sus propias circunstancias al tomar en cuenta la importancia del hogar. Balcazar, en Bolivia los criterios eran coincidentes, ya que para frenar los efectos de las epidemias se recomendaba que las personas saludables se alejaran de los enfermos y, en situaciones extremas, encomendarse a la protección de la Providencia cit.

El hecho de que las autoridades sugirieran el recurso de la fe nos lleva a inferir la relativa efectividad de las medidas de profilaxis. No obstante el pesimismo, el resultado estadístico por familia en una región del centro de Tlaxcala permite deducir que las indicaciones tuvieron cierta asimilación positiva. Si se considera la situación española, no sería extraño que en Tlaxcala se encontraran las mismas disposiciones de sanidad. Previamente al inicio de la epidemia, el cura de la parroquia de San José Tlaxcala, José Francisco López Gamboa, propuso al Ayuntamiento de la ciudad de Tlaxcala el establecimiento de una junta de caridad y sanidad.

De entre sus responsabilidades se destaca la siguiente recomendación:. AMT , c 4, e Si bien el trasfondo era el reforzamiento de la fe, en el contexto de la prevención debe matizarse que los olores fétidos no tenían ninguna incidencia en el proceso de contagio.

La propuesta corrobora el predominio ideológico del momento: la teoría del miasma. En cuanto a la importancia de la fe católica, debe añadirse que al alcalde ordinario, José Rafael Palacio, se le dio la responsabilidad de sufragar "[ Pero, como las rogativas no tenían los efectos esperados, en la fase intensa de la epidemia el síndico autorizó que por. AMT , c 4, exp. En sí, la decisión se sustentaba en la creencia de que los difuntos emanaban pestilencias perjudiciales para la salud, motivo por el que eran considerados responsables de la diseminación del contagio.

Empero, la medida de interrumpir las reuniones en los duelos era, sin que las autoridades se lo propusieran, adecuada por el riesgo de que el vector contaminado se pasara a las personas sanas. La factibilidad de romper el arraigo cultural de acompañamiento a los dolientes parecía inalcanzable, pues desde un oidor novohispano mencionó que los indígenas solían asistir "[ Como efecto del desarrollo de la sociedad católica virreinal, se generalizó el compromiso de solidaridad en los duelos, tal cual ocurría en las etnias de San Pablo Apetatitlan.

Justo es reconocer, colateralmente, que mientras la fe moviera al pueblo afligido, la intención de evitar la concentración de personas en las iglesias no sería del todo aceptada, tradición riesgosa si se considera que el vector requería de las personas para la propagación del germen. Ya fuera por motivos de presión social, o bien por omisión de la realidad, las autoridades religiosas y políticas determinaban los tiempos de congregación espiritual. La labor caritativa no fue una excepción en la capital tlaxcalteca, puesto que en el mes de febrero el cura López Gamboa asignó a un grupo de personas, al parecer de posición económica acomodada, la responsabilidad de ocuparse en "[ Tal vez el auxilio a los contagiados pobres consistió en proporcionarles abrigo, alimentos y supuestos remedios í curativos.

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Seguramente, la oración recibida con fe motivaba la deseada paz espiritual. Empero, la buena acción de los rezanderos o rezanderas los ponía en riesgo latente de ser abordados por los piojos portadores de la bacteria maligna. Archivo Histórico del Estado de Tlaxcala. Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica , vol.

Illades, pp. Delumeau, Jean. Una ciudad sitiada. Ciudad de México: Taurus, Consultado en junio del Escobar Cervantes, L.